La historia humana es el relato de la larga extracción de la humanidad respecto de la naturaleza, el largo rechazo de la misma, externa e interna, de la isla cada vez más pequeña de lo que la modernidad racionalista occidental considera humano.
Incluye el aislamiento de los cinco sentidos restantes, restringidos en gran medida a la caja ósea de la parte superior del cuello: la vista se limita a los ojos, la audición a los oídos, el gusto y el olfato a la boca y la nariz. Sólo el tacto se extiende más allá de la cabeza, pero incluso éste se limita a las manos, la única parte de nosotros que no está separada del mundo por la ropa.
Ya no percibimos, como los tiburones y muchos peces, los impulsos electromagnéticos de nuestro entorno ni de nuestro propio cuerpo. Creemos que, a diferencia de los tiburones, no nos desconciertan los potentes campos eléctricos emitidos por las estaciones de refuerzo de los interminables kilómetros de cable submarino que conectan la red mundial de comunicación.
Nos entrenamos para que sólo en condiciones extremas -tormentas eléctricas, emergencias en centrales eléctricas- percibamos siquiera los campos eléctricos por los que deambulamos todo el día. Nos burlamos de la gente que las percibe o se preocupa por ellas. La restricción de los sentidos humanos es una evasión sensata del exceso de sensaciones que, de otro modo, nos abrumaba.
Disciplinar nuestros sentidos es una forma sensata de ajustarnos a los requisitos de una civilización que marca a los humanos como algo distinto de lo natural, una disciplina de suficiencia y comunión. El mundo humano es un mundo de cosas y relaciones, no de flujos ni de olas.